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Es el elegido. El Mesías. El que llevó a la Argentina al Mundial. El que hizo vibrar a todo el país. ¿Qué más tiene que hacer?, preguntamos tras el empate con Perú en la Bombonera. Y tenía que hacer esto. La noche épica de Quito. Para acallar las críticas. Jugó un partido que nadie olvidará. Para la historia. Se llama Lionel Andrés Messi. Es la figura indiscutida del Barcelona. Y también en la Selección. Le ganó a Ecuador él solo. Con algunas compañías (la redención de Di María, la solidez de Otamendi, el trajín de Enzo Pérez y de Benedetto). Pero lo de Messi fue descomunal. Mundial. Sí. Para no dejar dudas de la presencia de la Argentina en Rusia.
Llora Messi. Grita Messi. Festeja Messi. Y con él, todos los argentinos. Aquí, en un estadio Atahualpa donde flameó la celeste y blanca como en tantas otras noches de gloria. Y donde ese grupito nutrido que silenció a todos los ecuatorianos lo reverenció co- mo a lo que es. ¡Messi! Messi! ¡Messi! Se gritó bien fuerte y se hizo himno en la noche. Saltan en el banco. Golpean el acrílico. Deliran los 3.000 hinchas argentinos en las tribunas. Y la emoción invade a todos. Como en las grandes epopeyas de la Selección. Los jugadores, ávidos de revancha, urgidos de un desahogo, se abrazan, corren, gritan, festejan, se apiñan en un grupito bien apretado. Todos juntos revolean camisetas y dejan de ser futbolistas para convertirse en hinchas. Los hinchas más grandes de esta Selección. Ahí, de cara a todos los que bancaron, les tributan el triunfo histórico, les regalan las camisetas, les dan las gracias por tanto apoyo. Los argentinos deliran. Argentina es un solo grito. Messi lo hizo. Otra vez.
Y hasta rompió el maleficio. Fue el “brujo” de esta Selección. El verdadero. El que metió el primero tras una jugada monumental con otro que tuvo una noche reivindicatoria: Angel Di María. El que gritó el segundo llevándose la pelota como un malevo entre camisetas ecuatorianas. Y dejó sin voz a todos los argentinos con esa definición de maestro con la que llegó a los 61 goles en la Selección. Y a 21 en Eliminatorias (siete en esta edición) para erigirse en el máximo goleador en clasificación mundialista (con Luis Suárez). Jugó 48 partidos en el año. Y metió 49 goles. En Quito, edificó un hat-trick en un momento definitorio, casi dramático, como no ocurría en el fútbol argentino desde hace 30 años, cuando se entró por la ventana al Mundial de México que luego sería el paso consagratorio de Diego Maradona. Anoche, Messi se llevó la pelota, los aplausos, la ovación, los elogios. Todo.
Es que jugó con la estela maradoneana. Aunque la primera imagen que se le vio en el campo de juego, con el himno en el aire, devolvía el mismo gesto taciturno: mirada al piso. Buscaba concentración. Juntaba fuerzas. Las que tuvo para cargarse no sólo un equipo, sino un país en los hombros cuando a los 39 segundos la Selección ya había recibido una bofetada por el gol de Romario Ibarra. Y a 2.850 metros sobre el nivel del mar. Y con menos oxígeno. Y con las piernas más pesadas. Y con la tabla que ratificaba, por entonces, la condena de un equipo y una asociación (la AFA) que habían hecho los méritos suficientes para mirar la Copa del Mundo por televisión.

Él no lo iba a permitir. Primero definió con la punta del botín izquierdo tras una combinación con Di María. El 2-1 se lo construyó él mismo: presionó arriba, le robó la pelota a Darío Aimar, entró al área y definió con furia para clavarla al ángulo. Y coronó la noche con una perla en el segundo tiempo: a los 18 minutos dibujó un golazo con un toque sutil por encima del arquero.

En Rusia ya tenían un lugar asegurado muchas de las grandes figuras del planeta. Cristiano Ronaldo lo había conseguido un rato antes; Neymar, meses antes. Messi también...

“Bienvenidos hermanos argentinos”, rezaba el cartel electrónico detrás de uno de los arcos en el estadio Olímpico Atahualpa. Justo al costado donde estaban los entusiastas tres mil hinchas argentinos, el espacio del delirio en las tribunas. Camino al vestuario, Messi se mantuvo en silencio ante la requisitoria periodística pero sólo porque era tiempo de festejo. Luego habló. Pero antes se abrazó con cada uno de sus compañeros. Y con Jorge Sampaoli. Y con Claudio Tapia. Menos efusivo fue con el embajador Luis Juez y menos aún con Daniel Angelici. Ya en las entrañas del estadio, se trepó a un banco, con el torso desnudo, como bastonero de la felicidad, a grito pelado. No había himno, sólo desahogo.

“El más importante fue Messi, pero éste también fue importante”. Chiqui Tapia le tributó parte de la clasificación al Brujo Manuel, el manosanta vinculado con Estudiantes de La Plata que apareció en Quito. Sonó extraño, pero en medio de la euforia todo parecía estar perdonado.

La emoción invadió a todos. En Ecuador y en la Argentina. A propios y extraños. Si hasta en La Plata el cantante Bono reaccionó antes de comenzar el show de U2. “Gracias por Lionel Messi . Él demuestra que Dios existe”, dijo. Messi devolvió la alegría y ahora la historia será otra.

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